Desde su guión, María Magdalena se convierte en historia que rompe con la tradición patriarcal del cristianismo, porque muestra el coraje de una mujer de Magdala ante su propio pensamiento.

Es la mujer que aconseja y acompaña a Jesús hasta la cruz y a quien este escoge para dar la noticia de su resurrección.

Porque esta seguidora de Cristo no es la prostituta que supimos -o mejor, nos hicieron- conocer, sino que es más acorde a las últimas visiones dadas desde el Vaticano.

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María Magdalena aquí es una mujer que lucha por lo que cree, que se aleja de su familia para seguir a un Jesús, sí, revolucionario, y que se convierte en la primera testigo de su resurrección. La que lo acompaña, cree en él.

Darle el rol de Jesús a Phoenix -la antiestrella- fue claramente un acierto. Lo mismo pasa con Rooney Mara, con su rostro entre angelical y de porcelana. La dirección de arte, el vestuario y la iluminación hablan de un logro mancomunado.

Aquellos que busquen la grandilocuencia de La Pasión de Cristo difícilmente la hallen. La crucifixión está resumida, no hay regodeo con la violencia, aunque algunos momentos sí son fuertes. No es que el director australiano dé todo por sentado ni que quiera imponer su visión.

Pero está nueva campanada, después de haber oído tantas sonando con el mismo tono, es bienvenida. Sin duda, los guionistas acudieron al Evangelio escrito por la propia María Magdalena (apócrifo) y, así, evitaron la confusión de presentarla como prostituta, adúltera o mujer arrepentida, como se dijo a partir del papa Gregorio Magno, en el año 591.

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